Recolectamos 250 bellotas de roble blanco.
Un año después, regresaron convertidas en vida.
“Hola, creo que en la finca del tío de mi esposo hay un
roble blanco.”
Lisette no era botánica, pero tenía buen ojo. Y corazón.
Encontramos siete árboles. Hermosos, sanos.
Pero la cosecha ya había pasado. Ni una bellota a la vista.
En un potrero, a la orilla del camino, un roble solitario
brillaba.
Su sombra escondía el tesoro que buscábamos.
?
Bellotas por decenas, al alcance de la mano.
Recolectamos 250. Y las llevamos al vivero.
?Un
año después, brotaron.
Pequeños robles blancos listos para regresar a casa.
Las plántulas volvieron a donde nacieron.
Y el dueño de la finca pidió más: quería llenar su tierra de robles.
Esto no se logra solos.
Lo hicimos con Lisette, con Ramsés, con personas que ven un árbol y creen.
¿Y vos? ¿Querés ser un Guardián de los Árboles?